Hoy es

XXX MILLA URBANA "VILLA DE ALMORADÍ"

El domingo 18 se celebrará en la Plaza de la Constitución la prueba deportiva "Milla de Almoradí". Su XXX edición la convierte, con diferencia, en el evento deportivo de mayor antigüedad de Almoradí.



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La Navidad de mi niñez

Antonio López
 La Navidad ya no es como la recuerdo.
Todo comenzaba con el montaje del esquelético pino de alambre,  que adornábamos con  guirnaldas y bolas de diferentes tamaños y colores, siempre las mismas, y que cada año desempolvábamos de una enorme caja guardada en el altillo. Era el día que tocaba montar el Belén, mejor dicho, el nacimiento. Unas pobres y dañadas figuras de barro (a San José siempre le faltó un brazo), con un puente y un río de papel de aluminio.
Así entraba la Navidad en casa, acompañada de un montón de participaciones, papeletas entonces, y la esperanza de que ese año sí tocaría el gordo.

Hoy no me parece el mismo mercado, aquel que amanecía el sábado anterior a Nochebuena lleno de pavos, de pollos, de verduras y hortalizas; de gente venida de todos lados dispuesta a comprar para los días de Navidad.

Recuerdo el ayuno obligado para tener el estómago en condiciones de recibir la gran cena del día de Nochebuena…¡hasta mistela me dejaban beber!,  y el cocido con pelotas de  pava negra, que al día siguiente nos comíamos en casa de la abuela con toda la familia.
Y los besos, y los deseos de felicidad, y los aguilandos… benditos aguilandos esperados todo el año.
Era día, el de Navidad, de estrenar como para ir de boda, y de no faltar a Misa, que remedio...
El resto de los días pasaban entre las inocentadas del día veintiocho, las campanadas por televisión desde la Puerta del Sol, la comilona del día uno y la ansiedad por la esperada noche de Reyes.
Mágica noche en la que nos visitaba el Rey Melchor, instalado en el remolque del camión de un vecino, que nos iba llamando uno a uno (curiosamente nos conocía y hablaba el mismo idioma), para entregarnos los esperados regalos que, por cierto, nunca coincidían con la carta.
¿La magia de la Navidad… o quizá la inocencia y felicidad de la niñez?
Que ningún niño se quede sin Navidad...


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¿SON TODAS ASÍ, O ERA SOLO LA MÍA?

¿Así vienes?
¿Calao hasta los huesos, lleno de roña y con agujeros?
¿Así vienes?
¡Pero si te fuiste limpio y con “sapaticos” nuevos!.

¡Hay, Dios mío! Tú acabas conmigo, acabas seguro…
Llevas barro y roña hasta debajo del pelo…
Si es que es pa “matarte", y ya no hay quien lo aguante…
Y no llores…ni rechistes….que aún más me cabreo.
La culpa es mía, porque tu se que eres bueno,
pero te dejo jugar con esos demonios….
Ven aquí que te coja, y tráete un trapo y colonia,
que te arranque el pellejo…

Pero…¿y esa “mataura”? Si hasta tiene sangre…
¡Hijo de mi alma! ¿Te duele mucho?
¿Pa qué te pregunto? Dejará de dolerte.
Ven que te cure y te ponga la leche,
y verás que "agustico" duermes la noche.
¿Ves lo que te has hecho por tu mala cabeza?
¡Y que lastimica…!
Cualquier día te matas, y si tu me faltas,
si tu me faltaras, me moría contigo...
.
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En el taller del escultor almoradidense Alberto Meseguer...


"En el Taller de...Alberto Meseguer" es un magnífico artículo publicado por mi buen amigo Hilarión Pedauyé y publicado esta misma mañana en la Revista Cultural "AMANECE METRÓPOLIS". Se trata de una visión muy particular sobre el trabajo de este gran escultor almoradidense realizado -como su propio título indica- en el taller del artista situado en la calle Nuestra Señora de Monserrate. Incluye un magnífico vídeo interactivo del propio taller (podéis acceder directamente al mismo AQUÍ).

"Alberto es una persona tímida y reservada que esconde un gran corazón. Alguien que percibe la escultura como un medio que convierte la experiencia de lo cotidiano en un lenguaje universal.
Entrar en el taller de Alberto supone una experiencia sensorial dependiendo de la etapa del proceso en el que se encuentre. Nos envuelven los aromas a escayola cruda, madera recién cortada y cera de abeja mezclada con aceites esenciales. Éstos se escalonan en las diferentes fases de su proyecto constructivo..."
Podéis acceder al artículo pinchando AQUÍ
Y a su Web AQUÍ

ALBERTO MESEGUER GARCÍA
Almoradí, Alicante, 1979
albertomeseguer@hotmail.com
 
Licenciado en Bellas Artes por la Universidad Politécnica de Valencia.
Técnico Superior en Artes Aplicadas a la Escultura. Escuela de Arte de Murcia.
Diploma de Estudios Avanzados. Área de Conocimiento de Escultura. Universidad Complutense de Madrid.


EXPOSICIONES 
2013. ENVIÑARTE. Sala Vista Alegre. Torrevieja (Alicante).
2012. PAISAJE URBANO. Cuevas del Rodeo. Rojales (Alicante).
2009. OAMI. Oficina de Armonización del Mercado Interior. Alicante.
2008. FLECHA. Centro comercial Arturo Soria Plaza. Madrid.
2007. SIANOJA 2007. Ámbito cultural. Santander (Cantabria).
2006. IV SIMPOSIO DE ESCULTURA EN ALABASTRO. Albalate del Arzobispo (Teruel).



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¿Hacia donde vamos?


Lo que comenzó siendo una pequeña y vieja alquería de origen árabe, al-Muwallidin, que al parecer significa “nuevos conversos”, se convirtió a partir de la segunda mitad del siglo XVI en un próspero lugar gracias a la mejora en las infraestructuras de riego que les proporcionó la creación de las acequias Mayor y del Río junto al Azud de Alfeitamí. Esto le permitiría a Almoradí “comprar” su independencia de Orihuela en 1583 con el título de Universidad, que mantendría hasta 1791, fecha en la que pasó a denominarse Villa.

Aquella Villa tuvo que reedificarse por completo tras el terremoto de 1829 y reponerse a guerras y epidemias, pero nada evitó que volviésemos a ser una importante referencia agrícola en la comarca.
Según Madoz, en 1850, nuestra población era una gran productora de trigo, maíz, hortalizas, seda, cáñamo y vinos, además de contar con fábricas de aguardiente y jabón, dos calderas de tinte, un molino harinero y seis de aceite.
A principios del siglo XX contábamos además con una fábrica de electricidad, otra de agramado del cáñamo, tres de conservas…
Gracias a aquellos emprendedores nuestra población siempre atrajo mano de obra  y evitó en gran medida el éxodo de los jóvenes que buscaban trabajo en la industria al no querer seguir con la agricultura.
Así ocurrió de nuevo a finales de los años sesenta con la instalación de grandes industrias dedicadas a la fabricación del mueble y que crearon muchísimos puestos de trabajo.

Pero el ciclo industrial llegó a su fin, y a éste le siguió lo que parecía un nuevo y floreciente negocio: la construcción.
De nuevo los jóvenes encontraban trabajo bien remunerado y el dinero volvía a circular.
Junto a la construcción surgió un importante comercio: muebles, moda, restaurantes, inmobiliarias.
Almoradí se convirtió en la gran “Ciudad de Servicios”.
Pero ahora basta con darse un pequeño paseo por cualquiera de los polígonos, o mejor aún, andar por nuestras calles de comercios cerrados, para descubrir que necesitamos reinventarnos, que esto ya no funciona. Siento como mío el dolor de cada uno de los comercios que, inevitablemente, van cerrando sus puertas.

Nos encontramos con una situación bien distinta. Ya no existe demanda de mano de obra y los jóvenes -mucho más preparados- se ven obligados a marchar lejos en busca de un futuro mejor. Es ahora, en este largo puente y en la cercana Navidad, cuando los ves regresar a pasar unos días con la familia y amigos...y me pregunto. ¿Hacia donde vamos? ¿Qué modelo de ciudad queremos? ¿Podríamos convertirnos en un destino turístico? (me lo preguntaba no hace mucho en ESTE ARTÍCULO) ¿Cómo cambiar el ciclo para que nuestros jóvenes se queden? 
Lo siento, pero no tengo respuesta clara. 



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LOS GIGANTES DEL PASEO, RELATO GANADOR DEL CERTAMEN LITERARIO INFANTIL 2016

Lucía Cañizares Navarrete ha sido la ganadora del IX Certamen Literario Infantil "Almoradí, Mi Pueblo 2016", con este magnífico relato que comparto con todos. ¡Enorabuena!


Cuando hace unos días mi profesora de clase nos encargó que hiciésemos un cuento sobre Almoradí, me alegré muchísimo porque por fin iba a poder contar a todos como sin darnos cuenta va cambiando nuestra impresión sobre algo que nunca cambia. En mi caso, me ocurrió con los enormes y preciosos árboles del Paseo.

Cuando era muy pequeña y mis padres me llevaban a pasear por Almoradí, me fijaba en esos enormes árboles y pensaba que se trataba de Gigantes que en cualquier momento podían empezar a andar. Me asustaban tanto que apretaba fuerte la mano de mi madre como refugiándome.
Mas adelante, los árboles seguían siendo los mismos, pero yo misma llegué a la conclusión de que los habían  traído enormes naves extraterrestres. Estaba tan convencida, que alguna vez oía desde mi habitación como pasaban, lo que yo pensaba, que eran naves en dirección al paseo y pensaba que los extraterrestres tenían
la obligación de recortarlos con esa forma tan peculiar.

Fuí cumpliendo años y ya veía los árboles del Paseo sin que nada me recordaran, sólo que eran plantas enormes. 
Un día oí, no se exactamente a quién, que mis gigantes del Paseo tenían una leyenda que pocos conocían.
Resulta que todos los años, la noche de halloween, cuando el reloj de la Iglesia daba las campanadas de las tres de la madrugada, los árboles iban cambiando de color, pero como son inteligentes, lo hacen sólo cuando nadie del pueblo los puede ver y la leyenda cuenta que sólo los que nacieron el 1 de enero pueden disfrutar de su colorido. 

Por suerte, mi abuelo nació ese día y rápidamente fui a contárselo. Me dijo que no le gustaba mucho la idea pero como me veía tan ilusionada buscaría la ocasión de ir al paseo a esas horas. 
Yo me puse contentísima y quise acompañarle pero él no me dejó, dijo que los árboles al verme seguirían de su color. 

Una mañana, mi abuelo me llamó por teléfono y me dijo que pasara por su casa que tenía una noticia que darme.
Había descubierto que los árboles no cambian de color. 

Ahora puedo decir que ni gigantes, ni naves extraterrestres, ni leyendas. Los árboles del paseo son preciosos
gracias a que Almoradí tiene unos maravillosos jardineros.

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El trazado urbano anterior al terremoto

El trazado de nuestra población antes del seísmo, según plano del Ingeniero Larramendi,
que se conserva en el Archivo Histórico Nacional.
Almoradí antes del terremoto de 1829 era un pequeño pueblo con un trazado irregular de calles muy estrechas y edificios de varias plantas. 
En realidad se trataba de una ciudad amurallada, construida de tal manera que no permitía un fácil acceso. La única construcción "extramuros" era el cementerio que se construyó a partir de 1818 (diez años antes del seísmo), ya que hasta ese año se enterraba en la Iglesia, algo que explico AQUÍ.
Si nos fijamos en el único plano existente (y que aparece en la memoria de Larramendi) veremos que las construcciones eran en forma de largas calles que llegaban hasta los accesos de entrada al pueblo, de manera que las partes traseras de las viviendas ejercían de muros y constituían una importante defensa ante malhechores o epidemias ( principal causa de que tuviésemos tantas víctimas por el terremoto, ya que el pueblo se convirtió en una ratonera de la que era imposible salir).
Se componía de dos Plazas, Mayor (también llamada "de la Fruta") y Las Mangas, y las siguientes calles: Cotillén, del Mesón, de la Acequia, del Ravalete, de la Iglesia y del Salitre.

Los únicos caminos de acceso eran: Los de Orihuela y Cartagena (también llamado del Río) que comenzaban en el Convento y en cuya entrada existía una “Cruz que abrazaba la entrada”, el de Guardamar y  Los Dolores cuyos caminos comenzaban en los dos extremos de la calle más larga del pueblo, y finalmente el Camino de Catral al que se accedía por el puente al final de la calle de la Acequia.
Además de las entradas citadas había una única puerta de acceso desde la huerta junto a un solar en la carnicería situado en la calle de Cotillén, que se utilizaba para entrar los animales con destino al matadero y que en épocas de epidemias también se sellaba. 
Por ningún otro lado era posible entrar al pueblo. 


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"COMPÁS DE ESPERA" RELATO GANADOR DEL CERTAMEN LITERARIO 2016

Introducción
Os invito a dar un paseo, es un paseo por el tiempo que se nos fue, por el que tenemos y por el que vendrá. Es también una reverencia al reloj de las iglesias que nos marcan el paso, que nos ven correr a diario convirtiendo nuestra carrera de la vida, en eso, en un breve paseo por el que siempre nos hubiera gustado pasar más despacio. No hay un lugar que refleje tanto lo que somos como la Plaza de nuestro pueblo y a él os dirijo.

COMPÁS DE ESPERA
El corazón es al cuerpo como el Paseo al pueblo. Un impulso de latidos que a campanadas es abatido. A paso ligero cruzamos por la Plaza, sin embargo, ella invita a no pasar de largo y esperar. Esperar a alguien o a que pase algo...esperar. Tiene nuestra plaza el ritmo marcado a golpes por el reloj de la iglesia que nos lanza las horas como pedradas,incansablemente,y allá en lo alto retumba la campanada que despierta los pájaros y nos pone en pie. ¡Cuántas campanadas nos marcan la vida!
El Paseo se despereza despacio abrumado por las campanadas de las ocho, la iglesia abre sus puertas y bostezan los árboles alargando bien sus ramas recortadas, impotentes pues no pueden tocar el cielo. Suben las persianas de los comercios y por las calles un trepidar de motores se pone en marcha un día más, al compás del reloj, de un tiempo que no para para nadie. Esa velocidad contrasta con el paso lento de los ancianos que ya corrieron demasiado. Y allí van, desde arriba parecen hormigas chocando antenas para reconocerse, ajenos al bullir de ese otro mundo que  va deprisa a cualquier parte. Ellos no tienen que ir a ningún sitio, no tienen prisa ni se buscan porque siempre se encuentran, solo esperan que nadie falte hoy en los bancos del paseo, que es como el hormiguero a la hora misma en que la plaza huele a café. Y allí se sientan a ver la vida de otros pasar de un lado para otro, quietud entre el movimiento, que hoy más calor que ayer, que los limones no tienen precio, que si el gobierno, que si después de criar hijos, toca criar nietos y la pensión en entredicho, que no da para tantos...Conversaciones rutinarias, adormecidas, desgastadas por el uso y renacidas de nuevo más frescas que nunca al toque vespertino de las campanadas.
Ya dan las nueve y los colegios acogen en su seno a los niños que llegan en coches y de la mano de sus padres, un flujo nervioso a contrarreloj se apodera de las calles y se corta en seco al sonido de la sirena. Calma de nuevo en la plaza que espera en poco tiempo otro ritmo que viene siempre, porque siempre hay gente que pasa de largo haciendo "los mandaos", los que se quedan a tomar su primer café, los que esperan hasta la hora de la primera cerveza, los que cruzan despacio para platicar con alguien y enterarse de las novedades que trae el día, que si una se ha separado, que si el otro está en el paro, que si sabes quién se ha muerto, que sí, que la conocemos, que son 87 años ya, que ya quisiera llegar yo, que la vida son dos días, no somos nadie...nada que estamos pa el arrastre. Hormigas nada más y así nos sentimos la mañana en que esa campana que parecía tan pequeña allá en el cielo de la torre, bajó al suelo de los mortales a demostrar que podía aplastarnos con su badajo, impresionados, muchos inmortalizaron el momento para poder recordarlo en un futuro. Cosas pasan en el paseo.
Un golpe seco nos acelera más el paso, ya son la una o ya es la una. Mi abuelo estaría sentado a la mesa esperando el plato de sémola, o lo que fuera de cuchara pero a la una en punto. Él ya no está pero sigue siendo hora de echar el arroz, de quitar el fuego que se deshacen las patatas, que he dejado la lavadora puesta, que vamos corriendo siempre, que vienen todos a comer y a mi chico le tengo que hacer otra cosa que no quiere ni olla ni pan de ayer, hambre tenía que pasar... pero vente pa la sombra que nos achicharramos. Y una nube de pájaros salen espantados del árbol dejando a su paso una lluvia de recuerdos secos por el suelo. En uno de ellos está mi madre en una silla de la cocina, tiene los dedos llenos de cortes y negros de pelar alcachofas todo el santo día. La veo ponerse sus gafas de coser en la punta de la nariz y del frutero, convidado eterno de la mesa, coge un limón. Detrás de la silla se hierve la leche en un cazo,vigila que no se salga, me dice, mientras mete el limón dentro de un calcetín y remienda el agujero. Eran tiempos en que los limones y las alcachofas tapaban muchos agujeros, hicieron que saliéramos del paso igual que esa leche que siempre se salía del cazo. Que los hijos no pasen hambre nos viene de serie y eso no ha
podido cambiarlo ni las campanadas del reloj, ni el sol que nos azota a estas horas de la vida.  Por eso y a pesar de la prisa que parecían tener, no se resisten a ponerse al amparo de un gran ficus que proyecta una sombra circular, el sol cae a raudales y una se hace una visera con la mano, la otra saca el abanico de las misas.¿Tu chico?¿se casa o qué?.Qué va hija, en la casa lo tengo parado, esperando a que pase esta crisis...Mientras hablan un pájaro picotea medio bocadillo en el suelo y vuelvo a ver cómo  mi abuela sopla y le da un beso al pan que se caía, ella que primero comía pan con nada y luego se lo comía con todo, la misma que curaba con esos mismos besos todas las heridas.
Pero el tiempo nos engaña, es como una goma elástica que parece alargarse en la niñez, los veranos adolescentes parecen eternos, las tardes de juegos se dilatan en nuestra memoria, las canicas, el caliche, la petanca y luego más allá de la infancia, aquel primer paseo con la novia,  en cámara lenta...y acción: había entre ellos un espacio decente, él con el nudo en la garganta y la mano flotante rozando su falda, ella nerviosa por el qué dirán, él a la espera de poder agarrarla de la mano, y ella dejando esa mano caída como por descuido esperando ser agarrada. Y como por descuido pasan 50 años agarrados. Y Fin. Así es la vida, toda una proeza de la espera porque el tiempo de tanto estirar se nos rompe el día menos esperado y nos da en la cara con tal violencia que nos deja clavados en un banco del paseo, a la sombra de un ficus con agujero y en el peor de los casos, bajo el son de una campanada fúnebre.
Cae la siesta en el paseo, los colores del cielo se cuecen al sol y las chicharras retan a las campanadas de las cinco, no pasa un alma, solo se oye el correr de las hojas secas por el suelo, parece que bailen en remolinos con una improvisada bolsa de plástico. El baile es hermoso, baile quien lo baile, y la bolsa se eleva ligera al compás de una música que solo espera ser oída. La música de la Plaza son campanadas de fiesta, días de feria, risas en el parque, campanadas de boda, las de las uvas...pero hay otra música que se oye con el paladar los domingos con aperitivo o las tardes del helado, y esa otra música que se oye con el corazón, la del paseo de la mano o la de aquel primer beso en la farola...para todas, siempre mereció la pena esperar.
La tarde en la plaza está cargada de ruidos y de movimiento, sobretodo en el parque donde anida un griterío de niños jugando a correr, a pillarse, a no estar quietos, mientras los mayores reparten un ojo al café y el otro que vigila que no se pierdan entre la multitud, que no se los lleve nadie, que no se hagan daño, que no molesten a los demás, que se coman la merienda y para casa que toca deberes, ducha, y a la cama que mañana hay que madrugar. Son normas sin cartel que todo el mundo cumple cuando va al parque.
-  Espera mamá, que voy a tirarme por el tobogán.- Miro entonces a mi mano derecha y me doy cuenta de que ella estiraba todo el rato de mi brazo en dirección al parque. Paramos, aquí siempre hay que parar y esperar a que juegue un rato. La veo subir y bajar del tobogán muy rápido, tal vez se columpia demasiado alto, no le quita el ojo una mujer sentada en un banco de enfrente y empiezo a estar molesta, no sé muy bien porqué. A ver, analizando: el suelo es de esponja, el tobogán de madera, todo estará muy homologado y me pregunto a qué vienen tantos miedos si el columpio de mi niñez primero fue una rueda vieja que colgaba de un árbol y donde me colaba hasta tocar el suelo y después en el parque, era una especie de esqueleto de hierro con artrosis tan descomunal que el agujero dejado en la tierra por las frenadas servía de piscina cuando llovía. En aquella prehistoria los columpios volaban muy alto pero hasta esa altura llegaba en forma de amenaza, la voz de mi madre "como te caigas cobras". Me caía mucho y también cobraba por ello.
- Ahora mismo nos vamos que a las siete tienes dentista.
-¿Cuanto falta?
Bendita pregunta que llevo clavada desde tiempo inmemorial y tengo que echar mano a lo que  mis ancestros me contestaban y que no significaba otra cosa que dejara de preguntar.  Fueron culpables aquellos perpetuos trayectos a la playa con nevera amarilla incluida, esa que se preparaba la noche antes y nos impedía dormir después, sobrellevadas por tamaña ilusión.¿Papá,cuánto falta? Nada más arrancar,"¿papá, cuanto falta?", cada cinco minutos, así hasta hora y media más o menos que se tardaba en llegar, nadie contaba eso, pero nosotras contábamos miles de carteles publicitarios de pisos en la playa, coches rojos para mí, azules para mi hermana, las señales redondas para mí, las triangulares para ella, a ver quién contaba más, y es que había tanto que contar y tanta ilusión en esa espera  que  mi  padre,  más  del  monte  que  del  mar,  prometía  siempre  no  llevarnos  más...
¿Mamá,cuanto falta?
- Una miajica.- Le digo, y ella se queda tan a gusto.
Por todos es sabido que una miajica es un poco de nada, así que ella sigue bajando y subiendo por el tobogán hasta que cae, como es y será siempre lo normal aunque ahora ya ni se cobra. Se hace un rasguño en la rodilla. Eso no es nada .Un poco de agua y andando, le digo ¡Me escuece!,me dice. Si escuece cura, le respondo y mecánicamente le pongo un beso en la herida, con la rotundidad del tiempo a mis espaldas.
Ya nos vamos y al pasar por delante de aquella mujer que la observaba y que yo ya consideraba una delincuente en potencia, va y le dice ¡eres más guapa que las pesetas!, la niña que no sabe lo que son las pesetas se encoje de hombros igual que se me encoje a mí el corazón. Igual con el tiempo algún día le diga a mi nieto que es más guapo que los euros, igual no les cojo el mismo cariño, aunque igual con el tiempo que ya tengo no llegue a conocerlo. ...
Cuando cae la tarde en los bancos del paseo se produce un extraño relevo generacional, los ancianos ya se retiran a casa, a cenar temprano, un poco de tele y a dormir quien pueda, que ahora mismo estamos levantados. Donde antes se hablaba del tiempo, del campo y de política, ahora ya no se habla de nada porque los que están miran las pantallas de sus móviles como si no estuvieran, podría caer una bomba y ni se inmutarían. Una bandada de pájaros acude al refugio nocturno de los árboles dejando caer señales en forma de hojas sobre sus cabezas, parecen decir; levantad la vista que la vida pasa aquí afuera, pero tendrán que esperar unos años para poder darse cuenta de ellas. Uno le regala la risa al Whatsapp y otro busca una señal, no la divina ni la horaria, porque una cosa es cierta, en el  paseo ya no hay canicas, ni petanca, ni patines, ni bicis, pero hay wifi y pokemon
escondidos por todas partes, señales al fin y al cabo que hacen la vida más llevadera.
Ya oscurece, han dado las ocho y las farolas se encienden. Un nuevo trasiego de personas cruzan el paseo en dirección a sus casas, algunos cargan con bolsas de compra de última hora, otros con niños en retirada, todos con prisas,que ya es tarde. En llegar a casa apenas tendrán ganas de hablar de cómo les ha ido el día porque con suerte mañana tendrán otro igual, otra oportunidad, otra vez más de lo mismo.
- ¿Mañana volveremos al paseo?.-Me dice al acostarla en la cama, tiene la voz bofa, almidonada y la boca medio dormida aún por efecto de la anestesia.
- Mañana ya veremos.
-Vale, ezo es un zí.- Me dice sonriendo solo a medias. Y solo por ver la mitad de la sonrisa que le falta me acuesto a su lado y espero, espero...esperaré siempre.
A lo lejos se oyen doce campanadas, en el reloj del paseo ya es mañana.


Conchi López es una extraordinaria contadora de historias pequeñas, cercanas...únicas. Con ellas lleva ya ganados muchos certámenes del Literario Antonio Sequeros de Almoradí -en realidad ya he perdido la cuenta-. Lo hizo con algunos que ya compartí aquí, como "Lo invisible" o "La memoria de mis botas", y lo ha vuelto a hacer este 2016. ¡Mi enhorabuena...es un placer leerte!..

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"Sueños de Sal" DOCUMENTAL BENÉFICO

Recomendamos a todos que asistan a ver el documental "Sueños de sal" donde la historia real y la ficción parecen mezclarse para narrar una historia de superación del ser humano. Ganadora de un Goya, la proyección no deja indiferente a nadie.
La entrada es a 5€ e incluye una participación de lotería de navidad. ¡Colabora!

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MERCADO MEDIEVAL EN ALMORADÍ

Todo el Fin de Semana Mercado Medieval
con motivo del Medio Año Festero de Moros y Cristianos

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ANTONIO MUÑOZ EN EL AUDITORIO MUNICIPAL

Esta tarde a las 20,30 en el AUDITORIO MUNICIPAL

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